Muy agradecido y conmovido me encuentro, tras las bellas palabaras que el Químico Luis Manuel Guerra pronunció el día de mi boda civil con su hija Leonora Guerra. Dicho discurso fue publicado, además, el día domingo 23 de mayo del presente año en el periódico La Cróncia dentro de la sección de Opinión. Hoy me honro en publicar el mismo en este espacio y aprovecho para reiterar mi gratitud y compromiso para con toda la familia Guerra Danielsen (mi familia) por su amor a lo largo de estos increibles nueve años. Espero que la disfruten…

Leonora Elisa: alegría contagiosa
Hoy me tomo la libertad literaria de dedicar este espacio de la vida para hablar de la vida cercana a mí, de la vida de mi sangre, de la vida de mi historia, de la vida de mi lugar en la Creación, de mi permanencia en el Universo. Quiero compartir con ustedes la celebración de la formación de nueva vida a partir de la alegría primaria, original de vivir. Los invito a que se regocijen conmigo por la unión que mi hija chiquita, Leonora Elisa, inicia con un excelente ser humano, Gerardo Hoth, el día de hoy. Al buscar la característica que verdaderamente definiera la relación entre ambos, la palabra que apareció una y otra vez en mi mente fue: alegría. Leonora Elisa y Gerardo son dos seres alegres que lo transmiten. Leonora es la Luna (El Inoor de las mil y una noches de Arabia) y Elisa es quien ocupa el Eliseo (el lugar de los virtuosos). Leonora Elisa es la Luna llena de misterios que está en el universo de la virtud. Gerardo, Ger Hart, la lanza fuerte de los antiguos germanos, hoy se une con la Luna en una nueva vida que ya patalea y se regocija del amor de ambos por la ópera, la cultura, simplemente por el regocijo por la vida. Les voy a contar una intimidad, intimidad que la Creación conoce y que ella me da permiso para contarla: Leonora Elisa se concibió escuchando sus creadores primero la obertura “Leonora” y luego la sonata “Para Elisa”, y por lo tanto todos sus átomos originales vibraron desde el momento original con la música de la alegría. Ahora sé por qué ese gajo verde en los ojos de Leonora, ojos de los que emana la alegría, alegría que se contagia, me recuerda un pensamiento que hoy, en este mundo convulso, nos da esperanza:
Alegría, bella chispa de los dioses, hija del Elíseo,
Entramos borrachos de fuego a tu recinto sagrado, Leona divina.
Tus encantos unen nuevamente lo que la intolerancia duramente separó.
Todos los seres humanos son otra vez hermanos cuando pasan por encima de ellos tus suaves alas.
De la pareja Leonora-Gerardo se conforma la familia Hoth-Guerra, Lanza Fuerte con Luna Misteriosa en el universo de la virtud. Mundo en profundo cambio donde los principios más elementales están en duda, mundo en el cual ustedes, como pareja que transmite alegría, representan la alegría de un mundo nuevo.
Le transcribo aquí, a mi Leona del Elíseo, mi visión de nuestro futuro ecológico, con la esperanza de que el nuevo ser sostenible que verá la luz del mundo el próximo agosto sea la alegría y esperanza de todos nosotros:
Hoy por hoy, nuestro futuro y el de nuestros hijos se muestra mucho más amenazante que en ninguna otra época: Por primera vez nos vemos confrontados con la posibilidad muy real de que nuestro bello planeta azul se convierta en un frío cuerpo celeste sin vida: El “equilibrio del terror” nuclear; la lluvia ácida que está matando lentamente bosques, ríos, lagos; la destrucción irreversible de grandes extensiones de nuestras selvas tropicales del sureste por la explotación petrolera; la irreversibilidad evidente de nuestros patrones de producción y de consumo que desangran los recursos naturales y encadenan al ser humano al espejismo de un bienestar material siempre creciente; la inhumana acumulación de masas de hombres y mujeres en las megalópolis sobrecargadas en su infraestructura para proveer de agua y alimentos a estas masas, y disponer de la basura que se genera (dando lugar a la infrasociedad de los pepenadores); el incremento en la violencia (¿quién de nosotros no tiene a “alguien que conozco lo acaban de asaltar”?); el alcoholismo; la drogadicción (que precisamente ahora se nos presenta en México como un monstruo de siete cabezas que ha penetrado cada rincón de nuestra sociedad); la explotación masiva del “mundo en desarrollo” a través de la promesa de un desarrollismo ilusorio con la consecuente destrucción de la cultura tradicional; la inflación que se burla de las medidas de austeridad que supuestamente la frenan y que cancela los ahorros de las generaciones anteriores de un plumazo llamada “renegociación de la deuda externa”, utilidades de las agroindustrias que se obtienen sólo a través de exprimir el suelo rociándolo con sustancias químicas agresivas que dan como resultado plagas cada vez más resistentes (y cantidades cada vez mayores de venenos residuales que nos comemos en las frutas, cereales y hortalizas); el riesgo cada vez mayor de “descontrol técnico” en nuestros templos del desarrollismo descontrolado: Bophal en India, San Juan Ixahuatepec en México, Three Mile Island en EU, Chernobyl en la ex Unión Soviética, el Exxon Valdez en Alaska y el desastre de la plataforma Deep Horizon de British Petroleum en el Golfo de México.
Ante la aplastante capacidad destructora del ser humano, uno como joven matrimonio preocupado se desespera y se pregunta: ¿Qué hacer? ¿Vale la pena hacer algo? ¿Tendrá algún sentido continuar actuando dentro del marco de la protección al ambiente? ¿No es esta actitud ecologista un intento bien intencionado pero inútil? ¿No tratamos de engañarnos y creer que con algunas buenas intenciones y pequeñas buenas acciones nos vamos a salvar de la catástrofe inminente?
Si no fuésemos firmes creyentes en la bondad y el amor, en la fuerza inimaginable que ambos son capaces de desencadenar, nos dejaríamos vencer ante esta monumental capacidad de destrucción del ser humano.
Afortunadamente existe el camino de ejercer la bondad dentro del marco de acción del amor. Este camino es suave (lima asperezas), fácil (no cuesta), sano (evita cánceres y úlceras) y se aprende jugando. Además, la pregunta ¿qué hacer? respecto a nuestro futuro ecológico queda resuelta.
Es cierto que las preguntas anteriores son válidas y que cada uno de nosotros debe hacerse y responderse a sí mismo. Pero tanto estas preguntas como sus eventuales respuestas no nos llevan muy lejos. Por el contrario, nos obligan a movernos en círculos alrededor de discusiones bizantinas interminables, como las que se suscitan actualmente respecto a la diferencia entre actitudes ecológicas y actitudes ecologistas, como si el circunscribir a la ecología a las relaciones puramente biológicas fuera a salvar al planeta Tierra, o si por otro lado el relacionar el modelo económico desarrollista del tercer mundo con la desaparición de las especies nos enseñara el único camino válido para salvarnos.
El Inoor del Elíseo y Ger Hard son la esperanza que nos da alegría por ese nuevo ser surgido de esta relación dentro de la virtud.
Eso quería compartir con ustedes, querida, querido lector, ahora que me haré abuelo.
Artículo escrito por el Químico Luis Manuel Guerra, publicado en el periódico La Crónica, en la sección de Opinión, el domingo 23 de mayo del 2010.