
José siempre se ha considerado un individuo muy sensible, místico y fanático de aquello a lo que comúnmente se le denomina paranormal. La concepción generalizada sobre la existencia de seres extraordinarios, divinos o diabólicos, le causa extrema curiosidad y le es sumamente atractiva; la figura del vampiro, por ejemplo, aquel ser inmortal culto, refinado en su desenvolvimiento, erótico, elegante en su andar y vestir, sigiloso en las víctimas que selecciona, aunque voraz cuando de succionar sangre se trata, crea en José múltiples sentimientos y reflexiones sobre lo tangible e intangible.
La tarde era oscura y fría en la Ciudad de México y la lluvia caía sutilmente sobre los edificios. El ruido habitual del Paseo de la Reforma había desaparecido y José caminaba por las calles aledañas rumbo a su departamento para descansar un poco y, posteriormente, ver una buena película de horror trasmitida con motivo del día de muertos por cable; su novia Elisa también estaba por llegar y, al igual que José, disfrutaba y era adicta al miedo que el cine de terror provoca.
Hallábase José frente a la puerta de su edificio, cuando repentinamente su celular timbró: La llamada provenía del teléfono de su madre y el motivo de la misma era invitar a él y a Elisa a casa de su tía Rita para merendar en familia pan de muerto. La negativa de José frente a tal petición era perceptible y sus excusas sonaban bobas; paulatinamente, el chantaje sentimental de su madre se fue tornando severo y luego de discutir durante diez minutos, José finalmente cedió. Cuando Elisa arribó al departamento y supo la noticia se puso colérica, pero fue tal la insistencia de José que decidió acompañarlo condicionándolo a sólo hacer acto de presencia durante media hora.
Durante el camino a casa de la tía Rita, José y Elisa casi no hablaron; la segunda llevaba los pies recargados sobre el parabrisas y veía como el vidrio se empañaba con el calor que despedía; finalmente llegaron a su destino. En cuestión de minutos, la pareja se vio de pie frente a la puerta principal de la casa de la tía Rita; voces y risas se oían en el interior del inmueble y, para sorpresa de ambos, el tío Rodrigo fue quien los invitó a pasar. Cruzaron juntos la sala hasta llegar al área de comedor donde yacía el resto de los invitados sentados a la mesa departiendo. José observó el cuadro familiar durante unos cuantos segundos y supo en ese instante que había cometido un terrible error; se sintió muy atemorizado y agarró fuertemente la mano gélida de Elisa: Sentado en la cabecera se encontraba el tío Paco con su caballo de tequila en mano, viendo con cierto desdén a la familia. Su edad rondaba los 78 años y no había mortal alguno que lo pudiera contradecir en algo o saber más que él. Su pelo cano le daba el derecho de opinar sin miramientos, al igual que el inmerecido título de “Patriarca” . Admirador férreo de dictadores genocidas, el tío Paco siempre terminaba discutiendo sobre sus convicciones derechistas y cuando se veía acorralado o contrariado por alguien, optaba por largarse sin si quiera decir “agua va”. A la diestra del “Patriarca”, sumida en su silla, se hallaba su abnegada esposa Jesucita, quien al no emitir opinión ni asumir postura alguna frente a cualquier asunto cotidiano, por consenso familiar se ganó el apodo de “la mujer más buena del mundo”.
Ahora los ojos de José y Elisa se posaron sobre la pequeña Jimenita de escasos 6 añitos, quien sin reparo pateaba la mesa, amén del ruido que eso provocaba. Sin ilusión alguna frente a la vida, aquella personita dejó de ser niña muy rápido y era tan precoz como un puberto físicamente indefinido. No había juguete alguno, caricatura o chiste que emocionara a Jimenita; ella sólo quería escuchar las conversaciones de los adultos o entablar comentarios con matices sexuales mientras, simultáneamente, sus ojitos parpadeaban. Los papás de Jimenita salvo guardaban con fiereza su voluntad, por lo que reprender a la niña por mala conducta o negarle alguna exigencia, hacía a uno acreedor de dos nuevos enemigos.
Muy emocionados estaban los papás de José cuando lo vieron aparecer con Elisa; inmediatamente ambos se pararon de sus respectivos asientos para saludar a la pareja. Paralelamente, y de forma inesperada, el tío Rodrigo, por su inseguridad, nerviosismo o por un mal manejo de sus sentimientos, contó un chiste muy subido de tono y la mamá del recién llegado se molestó mucho; su papá, en cambio, soltó una risilla bastante forzada e impaciente. Así continuó por dos minutos el tío con el afán de escandalizar, hasta que “el Patriarca” lo incitó a sentarse nuevamente y guardar silencio.
La tía Rita había desaparecido. Todo los invitados especulaban sobre su paradero; unos opinaban que Rita se encontraba en el baño; otros, en cambio, creían que a la señora le había caído mal “la copita de vino que se tomó” y que, por ende, se había tenido que ir a recostar un ratito en su cama. Cuando Elisa se levantó de la mesa y se dirigió al tocador, encontró a Rita tambaleándose y besando en la sala a un desconocido, mientras éste le frotaba disimuladamente los senos. Al ver a Elisa, la tía rápidamente quitó al señor de encima y exclamó: “Ahora resulta que la puta soy yo…”. Elisa, sin emitir sonido alguno, palideció y continuó con su caminar hasta el tocador; al llegar se observó en el espejo y reflexionó: El tipo al que Rita besaba era el papá de una amiga suya del club, cuya mamá, además, era compañera de frontón de la propia.
José esperaba impaciente a Elisa; la mamá de Jimenita, Prudencia, lo regañaba por no haberse casado aún. Con un tono muy solemne y pausado, Prudencia le hablaba del matrimonio como un decálogo a seguir para alcanzar la felicidad. La conclusión de aquella charla era que todo lo que hasta ese momento José había hecho y la forma en la que éste había llevado su relación sentimental con su novia era errónea.
Luego de diez minutos, Elisa regresó del baño al igual que la tía Rita; la última seguía sin saber dónde estaba y qué había pasado con su amigo. La discusión en la mesa giraba en torno a si los libros de primaria en Zitácuaro debían ser restringidos por su contenido sexual o no. Los decibeles del “ Patriarca” fueron aumentando, la tía Jesucita asentía con la cabeza, el tío Rodrigo hallaba culpable de la inmoralidad actual a los comunistas, los papás de José fungían como moderadores, Jimenita opinaba que los libros no debían mostrar como hacer bebés, sus papás aplaudían la noción, Prudencia hablaba dulcemente de la responsabilidad que la sexualidad trae consigo, con la mirada clavada en José, y Elisa se limitó a apretujar la mano de su novio.
Cuarenta y cinco minutos duró la visita de la pareja; su decisión de marcharse no fue muy bien acogida por la familia pero ambos fueron tajantes. Cuando por fin se hallaron solos en el coche, profundizaron en los detalles burdos de la reunión y en el vacío espiritual y la culpa infundada que en ese momento sentían. Aquella reunión le robó a José su capacidad de creer en seres paranormales: Ojalá- pensaba- y todos fuéramos vampiros y nos fascináramos por seres como mi familia, que de forma paranormal nos chupan el alma de un sólo sorbo de la manera más cruel y vulgar.
Al llegar a su departamento, José y Elisa se dirigieron al estudio y prendieron la televisión. Ambos se hallaban separados en los extremos del futón. La película que tanto anhelaban ver había comenzado y poco antes del climax de la misma, la pareja se quedó dormida; andaban “muertos” y su alta dosis de terror había sido, exitosamente, administrada.
Written by Gerardo Hoth
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