Apr 16 2009
El Pezsapo

Muy pensativo se hallaba aquel niñito mientras contemplaba el mar. Llevaba treinta minutos, aproximadamente, ahí paradito sin que nada ni nadie pudiera desviar su atención; yo me encontraba sentado sobre una silla dentro del restaurante que albergaba aquella enorme palapa observando al pequeño detenidamente ¿Desea ordenar? me preguntó repentinamente el hosco mesero al ver que la carta de alimentos permanecía cerrada sobre uno de los costados de la mesa. Destanteado por la tan abrupta interrupción y basándome en la regla empírica de que cada región posee su especialidad culinaria, le entregué de inmediato el menú al camarero y ordené el plato Cabo Pulmo junto con una cerveza oscura. Librado finalmente de cualquier distractor, mi vista se posicionó nuevamente sobre el niño y mi pensamiento giraba una y otra vez en torno a la única interrogante que en ese momento importaba: ¿Qué estará pensando aquel chiquillo?
El tenue aire invernal soplaba y el mar azul se agitaba tranquilamente. A lo lejos, una parvada de pelícanos alineados en forma de “V” volaba a muy baja altura y fue entonces cuando mi mente se sintió motivada e, inconscientemente, emprendió el vuelo: “Aquel desaseado pequeño de playera amarilla y pantalón vaquero debe andar nostálgico, pues su papá no lo quiso llevar a la pesca del día y éste no ha regresado aún. El padre seguramente regresará cansado, hará la limpieza y selección del pescado y, como ya es costumbre, brindará con sus acompañantes por el final de un día más; entre copa y copa sus preocupaciones emergerán y al llegar al boungalito su esposa le propinará regaño tal, que lo único que él anhelará será su cama y el comienzo pronto de una nueva jornada laboral. Nuevamente, el padre, el héroe y el amigo abandonará muy temprano al pequeño para carearse frente a frente con su entrañable e inseparable amigo íntimo: El Mar de Cortés.”
“Aquí le traigo su cerveza y sus tacos Cabo Pulmo, señor.”Interrumpiría nuevamente el inoportuno camarero, borrando en segundos aquella extraña fantasía con el niño y su entorno familiar de mi mente. El día había sido largo y el buceo agotador, por lo que no dudé en probar el delicioso platillo acompañado de mi cerveza; conforme la superficie del plato de plástico iba apareciendo y el tarro de vidrio se iba vaciando, mi interés por el pequeño iba en aumento. “Seguramente- pensé- el niño se está cuestionando acerca de la vida fuera de su minúsculo pueblito ¿Qué habrá más allá de Cabo Pulmo? es la interrogante que lo tiene tan aletargado y entretenido. Para él su mundo, gracias a lo que la maestra le enseñó precisamente ese día en la clase de Geografía, era muy pequeño y el situarse en el centro de un universo dotado de sueños y anhelos le parecía excitante.”
Mi emoción fue en aumento y como quien quiere desprenderse de una carga muy grande, me puse de pie y me aproximé al pequeño. Lo único que yo tenía en mente en ese momento era preguntarle aquello que toda la tarde secuestró mi entera atención. Cuando finalmente me hallé junto a él, su mirada incierta y miedosa se cruzó con la mía y antes de que éste decidiera marcharse le pregunté “¿Amigo, en qué piensas?” El niño de semblante noble y tierno, me miró nuevamente con sus enormes ojos negros y con una sonrisa reveladora me respondió: “Estoy esperando a que salga el Pezsapo“; inmediatamente después, corrió hacia la palapa donde ya sus padres lo esperaban para que les ayudara a atender a los comensales. Asombrado y sumamente ridiculizado por la respuesta del pequeño, me dirigí también al restaurante donde me aguardaba la cuenta y donde tendido ya sobre el piso, yacía el niño jugando con un perrito estilo chihuahueño llamado “Chiquitín”. Cuando cuestioné al camarero sobre el “Pezsapo”, éste se asombró por mi pregunta y me explicó con autoridad que así se le llama al tiburón ballena en esa región.
El día había terminado. Yo me hallaba finalmente solo en mi boungalito y tendido boca arriba sobre mi cama, abrí violentamente los ojos: Reflexioné profundamente sobre lo acontecido aquella tarde, comencé a reír y, tras una profunda inhalación, exclamé :“¡Caramba, qué chiquito es mi mundo…qué chiquito!”
Written by Gerardo Hoth
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Primo primero que nada un saludo, he leido el cuento, no cabe duda de que tu habilidad como escritor y tu imaginación van en aumento espero que en un futuro puedas publicar algo para compartir con mucha mas gente tu talento, sin mas un abrazo y saludos a Leo y a la familia.
Que bien escribes Gera, me encantó.
Hola gera!!!
Acabo de “’salir”‘ de tu ecrito, de oler el mar, de sentir el sol sobre la piel y la brisa que llega en el restaurant de cabo pulmo, lugar en el cual seguro te enconotrabas al observar al niño de la camisa amarilla!
Recordando igualmente tu escrito “Por el mar de Cortez”, el cuál también leí y tengo muy presente, sólo me cabe decir que me siento identificada contigo en el aspecto de lo que ese mar y la baja california significan(la magia tan perfecta y la vida marina). Como un engrane de reloj, todas las especies, desde el pezsapo hasta los nudibraquios coquetos, están entrelazados entre si y tiene una razón de ser , de estar, de estar vivos; es el orden del caos lo que se percibe cuando te sumerges a ese mundo, todo tan perfecto pero en constante cambio, en caos, que es en realidad, lo que mantiene vivo al sistema. Ese caos reflejado en los colores y en las formas necesarias para sobrevivir….
Me fascina el mar, me transporta a un nivel en el que me siento viva; me da risa y verguenza pensar en los problemas que cargamos dentro de nosotros, tan desconectados de lo vivo. Me da pena pensar a veces en las cosas por las que nos preocupamos pero es entonces cuando regreso al mar y lo mejor es sumergirme muy profundo y sentirme viva y llena de nuevo.
Te mando un abrazo