Me complazco en presentarles a continuación, queridos lectores, un artículo escrito por nuestra escritora y amiga Leonora Guerra, publicado dentro de la revista bbmundo en su número de mayo del presente año. Un triunfo más, sin duda, en su vida profesional. ¡En hora buena guapa!
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La magia de la naturaleza
Desde mi punto de vista, la belleza es un tema importante y controvertido para la mujer de hoy y empieza con la educación en casa, con nuestros conceptos, donde la forma de alimentarnos, vestirnos y sentirnos, primordialmente nos la enseñan nuestras madres. Debo reconocer que lemas como: “Eres lo que comes” o “Como te ven te tratan”, han estado presentes en mi vida desde que tengo conciencia.
Considero que tuve la gran suerte y fortuna de contar con una familia para que la belleza está relacionada con la naturaleza. Crecí en una casa ecológica ubicada en el kilómetro 31.5 de la carretera federal a Cuernavaca con luz solar, agua pluvial y rodeada de árboles, y animales (perros, gatos, caballos, gansos, gallinas, etc). Creo que esta experiencia definió de forma importante mi concepto de belleza, tanto interior como exterior.
Desde que mi hermana y yo éramos muy pequeñas, mi madre nos inculcó la magia y la belleza de la naturaleza. Vimos crecer varios árboles que plantamos juntas; en repetidas ocasiones fuimos partícipes del nacimiento de perros, gatos, gallinas, gansos, conejos etc; aprendimos a valorar el saber almacenar y ahorrar la energía solar, y el agua proveniente de las lluvias. Mi infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la diversión y el asombro ante dichos acontecimientos. Con todo esto que sucedía en mi entorno, aprendí a valorar y admirar la estrecha relación que existe entre el hombre y la naturaleza.
Mi mamá siempre me hizo sentir especial y me habló de la importancia de ser auténtica, estudiosa, inteligente y por ende bonita. Recuerdo que nos decía que la verdadera belleza empieza por sentirse y termina por verse, que la física es un reflejo de la interna, pero jamás viceversa.
De niña, mi forma de vestir me tenía realmente sin cuidado, no me preocupaba demasiado por mi apariencia, y pienso que en parte esto se debía a que mis compañeros de escuela me querían y me aceptaban tal como era. Desde enonces aprendí a ser yo misma y me di cuenta que a mis amigos les parecía fascinante lo que contaba acerca de mi casa, además que les encantaba ir. Así fui adquiriendo mi propia personalidad, y poco a poco, fui encontrando mi belleza interior.

Desde chica me encantaron los salones de belleza, admiraba a las señoras que se pintaban las uñas y siempre iban arregladas.
En casa ponía mascarillas, sobre todo de sábila, porque teníamos una planta, y de barro, porque me preocupaban algunos granos que empezaban a salirme. Mis rutinas de belleza empezaron desde era muy pequeña y siempre me encantaron. Lavarme la cara después de levantarme y antes de dormir, ponerme cremas tanto de día como de noche, y por supuesto, para el contorno de ojos, siempre fue parte indispensable de mi rutina de belleza, de hecho, sentía que terminaba de vestirme hasta que me ponía mis cremas. Me encantaba embarrarme cuanta cosa natural encontraba para prevenir el envejecimiento.
Estos hábitos los heredé de mis abuelas, quienes hasta sus últimos días lucieron arregladas, con las uñas pintadas, el cutis humectado y el pelo perfectamente pintado y peinado. Cuando la gente se refería a ellas, lo hacía con delicadeza, y sabía que esto se debía a que su apariencia física siempre fue impecable.

Hubo una época- cuando tenía entre 15 y 20 años-, en la que en verdad deseaba operarme el busto, pero mis padres nunca me tomaron en serio y tampoco le dieron mucha importancia al asunto. A los 16 años me fui a Alemania durante un año, ahí cursé el primer grado de preparatoria. Durante ese tiempo engordé bastante, sin embargo, siempre supe que no tendría un cuerpazo de modelo, ni la cintura ni el escote perfecto, pero esto no me quitó el sueño porque me sentía aceptada y querida, además, estaba segura que tenía atributos mucho mas interesantes.
Nunca tuve la necesidad de enflacar para conquistar a alguien o para sentirme mejor. A los 18 años tuve mi primer novio formal, quién fue mi compañero durante el colegio, y ahora, después de 10 años, es mi esposo y el padre de nuestra bebé. Esta experiencia marcó mi vida y confirmó mi concepto de belleza porque siempre me sentí atractiva e interesante para él.
En este mundo tan competitivo e interesado en la apariencia, quiero enseñar a mi hija a tener la sensibilidad necesaria para que encuentre su propia fuerza y belleza interior, y con ello pueda ser feliz. Para mí es muy importante que aprenda a ser sensible con la naturaleza, que las cosas sean únicas para ella y base su concepto de belleza en los hechos y no en las palabras; en el conocimiento y no en la banalidad, que sea independiente y nunca trate de imitar a nadie.
Por mi parte, he logrado encontrar mi individualidad y mi propio valor a través del apoyo incondicional de mis padres y de la oportunidad que he tenido desde chica de viajar y conocer otros lugares en dónde los conceptos cambian radicalmente; también porque fui a un colegio donde me formaron y educaron para ser independiente y tener un criterio.
Artículo escrito por Leonora Elisa Guerra, publicado dentro del número de mayo de la revista bbmundo del presente año.